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sábado, 23 de enero de 2010

Repita treinta y tres, dijo el doctor

Nunca pensé que llegar a esta edad me parecería tan poco. Es por comparar situaciones. Recuerdo el día en que mi madre cumplió los treinta tres. Era un día normal, de los de subir al colegio a las tres menos cuarto, con un "donete" en la mano (si tocaba, porque sólo había uno de premio a la semana) y equipada con mi súper chándal gris afelpado: día de saltar al potro y de engorrinarse por los suelos. Ese 4 de mayo alguien le dijo a mi madre, mientras comíamos sentados en una cocina que ya no es la de ahora, "ya tienes la edad de Cristo". Esa frase, ese momento de cotidianeidad absoluta, siempre ha tamborileado en mi cabeza. Entonces, a mis 9 años, ese número, el 33, era algo descomunal para mi diminuta vida. Tocarlo con los dedos, primero un tres y luego otro, se me antojaba algo casi inalcanzable. Era como si tuviera que vivir interminables aventuras hasta que mi pastel acojería todo ese número de velas. Qué grande me parecía mi pequeña madre ese día de mayo... Y aquí estoy hoy, 24 años después, envuelta por treinta y tres puntos de luz. Qué acrobáticos pasan los días.

viernes, 8 de enero de 2010

Pues tocará rejuntar, con verde, gris, amarillo...?

Breakfast at Tiffany's, 1961, de Blake Edwards.
—¿Conoce usted esos días en los que se ve todo de color rojo? —¿Color rojo?, querrá decir negro.
—No, se puede tener un dia negro porque una se engorda o porque ha llovido demasiado, estás triste y nada más. Pero los días rojos son terribles, de repente se tiene miedo y no se sabe por qué.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Los cajones del 2009

Almacén improvisado (Fotografía de Fernando Suárez).
Los años impares me gustan. O eso había creído toda mi vida. Mi número favorito es el 13. Le siguen, el 9 primero y el 7 después. El 5 tiene su encanto. Pero eso de llevar como estandarte una frase hecha no es recomendable, al menos, no al pie de la letra. Lo demuestran los hechos que acontecen. Tal vez me cambie de bando. Los últimos impares han sido los peores, pero de lejos. El 2005, el 2007 y, ahora, el 2009. Tampoco se trata de calificar estos 365 días como de fatídicos, pero sí lo suficientemente incordiantes como para desear entrar, de cabeza y sin mirar, en este próximo año par. Supersticiones, ninguna. Me remito a la realidad. Estar once meses sin trabajar (oficialmente hablando) ha sido de las experiencias más fatigosas que he vivido en mucho tiempo. La ociosidad impuesta no mola nada. Sí el primer mes y eso, estirándolo mucho. Pero luego, los formidables días iniciales en los que uno no deja de zampar libros, de ir al gimnasio a todas horas, de irse a dormir cuando todo el mundo se levanta y de quedar para tomar cafés a horas en las que siempre ha estado trabajando, pasan a ser un auténtico coñazo. Acabas sabiéndote de carrerilla todos los portales cibernéticos donde puede aparecer, en el momento menos esperado, el trabajo de tus sueños. Poco ayudan, en esa lucha diaria contra el tedio, las noticias constantes en todos los medios de comunicación habidos y por haber entorno a la omnipresente "crisis". A todo lo anterior hemos de añadir algún que otro regalo: un par de desengaños feos en cuestiones de amistad que me dejaron bastante quebrada, comprobar que la familia no merece tal calificativo simplemente porque la sangre lo diga y sufrir la fragilidad de mi yaya en cuestiones de salud. Suerte de la naturaleza vivaracha de una, porque ha sido para darse de golpes en la pared y no parar hasta tener un chichón descomunal.
Pero no todo ha sido tizón. He sido mil veces feliz el día de mi boda. He vuelto a constatar que tengo unos amigos que valen un potosí (o dos o tres...). Una hermana "postiza", Mar, con la que no hablo a diario pero a la que sólo tengo que silbar (y viceversa) para que venga hasta mí cual hada voladora lila y me consuele. Y otra, Esther, que no calla ni debajo del agua, pero a la que quiero con todas mis fuerzas. Como a Welly, aunque ya no compartamos clase en la Pompeu ni desayuno diario en el IESE. Y a Marta, siempre ahí, al otro lado, discreta, con la mano tendida. Como la Delgado, haciéndome reír perpetuamente. Tomás, sus maravillosos saltitos al andar y nuestros bailoteos rockeros sin fin. Y Dolores, y Loli y Cristina. Y a los que nunca veo pero que siguen en mí: Luisan, Carol, Jordito, Lluís, Xavi, Arantxa... Y he conocido a un amigo virtual, Alberto, (para mí era Qae) que ha resultado ser muy real, merengón y un poco maño; hay que aclarar que cuando ríe, te mira desde su altura y le salen esas arruguillas en los ojos, todo lo cafre que a veces pretende ser (aunque a mí no me engaña) se evapora en un ¡chas! Y te lo llevarías requeterápido en el bolsillo más pequeño para no perderlo. He agradecido hasta el infinito tener una suegra que se ha comportado como una madre en todo lo que le ha sido posible y un suegro que no habla mucho pero que conmigo se carcajaea y se suelta a lo grande. He comprobado impresionada cómo me quiere mi tio Jordi y cómo le quiero yo, aunque nunca nos lo digamos. He discutido por primera vez con mi tia Carmen para, inmediatamente después, saber que siempre he sido como una hija para ella (y al revés). He disfrutado, un año más, de mi yayo Pau y de su increíble serenidad. Y lo que me dejo...
Pero nada de lo anterior hubiese sido posible sin la persona que me ha mantenido erguida las veces que he estado a punto de desplomarme: Carles. Hoy, que llevo 21 días incorporada de nuevo a la vida laboral y que mi dedo no teclea compulsivamente la página de "infojobs", soy yo la que intento hacerle las veces de árbol. Ahora es él quien tiene días de 48 horas y vía libre para jugar a la "Play" hasta las tantas. No tiene despertador que le atosigue. Y eso, le entristece. Demasiado. Hay momentos en que sus enormes ojos parlanchines me chivan que mis tonterías no son capaces de auparle el ánimo lo suficiente. Es entonces cuando debe entrar en acción el abrazo más fuerte del mundo mundial. A lo "supernena", pero en versión Larita. Si no llevo tacones y son las bailarinas las que me visten, me pongo de puntillas, le apretujo todo lo fuerte que mi envergadura me permite y con ojillos contentos le cuchicheo: ¿sabes que hasta que seamos como el yaya y la yaya, verdad...?
El remate, un beso de pestañas.
Entonces, todo él se desparrama en mí, fortalecido de nuevo, un poco menos mustio. Y yo me siento afortunada. Por ser un dúo.
Y ese color que a veces palidece, vuelve a ser añil.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Hoy soy su nieta

Rene Magritte, "La Memoire" (1948)
Pero mañana, tal vez no. Me habrá cuidado con ternura durante años, pero su enjuta memoria le impedirá abrazarme. Porque el olvido es traidor. Se despeñará entre recuerdos que querrá estrujar. Pero sólo atinará a curiosear brumas liosas. Tragaré litros de saliva en un instante. Que las penas se me arrejuntan todas en los ojos y no hay disimulo que valga. Y ella, de cuando me planchaba la ropa y yo le pintaba las uñas, me tiene como parlanchina y risueña.
Y esa seré. Aunque sus recuerdos la desasistan.

martes, 24 de noviembre de 2009

Estatismo: 1. m. Inmovilidad de lo estático.

Fotografía de María Zarazúa - La espera.

Antes yo no sabía
por qué debemos todos
-día tras día-

seguir siempre adelante
hasta como se dice
que el cuerpo aguante.

Ahora lo sé.
Si te vienes conmigo
te lo diré.

José Agustín Goytisolo (Poema Secreto)

domingo, 15 de noviembre de 2009

Érase una vez una hada...

Mar, la hacedora de milagros, y yo, el día de la boda.
La nariz más chata del mundo, fue la primera persona (junto a otra, pero eso hoy no cuenta) que supo que ya teníamos fecha para pegarnos unos bailoteos, risas a quilos y unos pocos sollozos (los justos, pero necesarios) el día 26 de septiembre, a la 13:00 del mediodía. Y desde día pasamos a ser tres en una boda de dos. La hacedora de milagros fue mi madre, mi padre y todos los que ya no están, aunque como es bajita y todo lo oye un poco más tarde que los talludos, tal vez aun no lo sepa. Dicen aquellos que la quieren bien, que cuando la alegría le desborda se transforma en "chinita". Tanto le sonríe la mirada que no atina ni a parpadear. Eso, y que al unísono le lagrimean los ojos. Pero ahí no acaba el prodigio: sus pestañas, delicadas, y húmedas, se amontonan en grupos chiquitos que parecen querer abrazarla. Y entonces se despierta, rehecha de nuevo. El sol de primavera arrulla nuestras cabezas en la terraza de la panadería de siempre. Mientras, ella anota todos los deberes de los siguientes meses en su libreta. La hacedora de milagros, tan radiante como la novia. Hoy toca ruta de pendientes, qué feos, qué horteras ,¿por qué todo lo que vemos es de color dorado y con perlas...? Yo los quiero largos, que dancen conmigo. Ella paciente, espectadora, serena siempre. ¿La semana que viene iremos a chafardear los vestidos? Me los enseñan con guipur, repletos de lentejuelas y con vuelo de princesa. No, no, que el mío quiero que sea lánguido, que revolotee al andar, como lo llevaría Atenea. El jueves me he pedido el día libre, nos atiborraremos de zapatos, ¡tú tranquila! Y los míos fueron uno de sus incontables regalos. ¿Encontraremos algo para mi pelo volátil? Su sonrisa por respuesta y el tocado perfecto en la bolsa. Y tiro porque me toca. Así, hasta el infinito. Sin tregua, a mi lado, por lo que pudiera pasar. Contando los días que restaban y entrando en pánico cada dos por tres, a carcajada limpia, eso también. Me ha regalado cestos de lágrimas contentas, feliz ella por saberme a mí radiante al haber encontrado a una persona íntegra, honesta, sensible y, en definitiva, única, como es Carles. Lo ratifica el hecho que ella y sus padres, Ana y Mariano, han sido, en muchas ocasiones, más familia que algunos miembros de la mía propia. Por todo lo anterior y por los mil cuentos que nos quedan por vivir, desde este humilde cajón de sastre, le quiero dar las gracias, una y otra vez, hasta que se me duerman las manos. Es mi manera de abrazarla, fuerte, fortísimo, hasta romperla casi, porque no soy muy tocona y a veces creo que no la achucho todo lo que debiera.
Mi te quiero a la antigua, por carta.
Mar, mi hacedora de milagros.