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sábado, 30 de enero de 2010

Escena de guión: unos hoyos en el armario

Perchas, vacías.
De repente, se sienta en el borde de la cama y observa que no tiene suficientes perchas para colgar toda la ropa que ha ido comprando en las últimas semanas. Complacida por la nueva hilera de prendas que relumbran dentro del armario, no puede evitar cierto volteo en su corazón. Es un tris, pero no puede dejar de mirar el lado izquierdo del ropero. Se levanta, columpiada por la luz apagada que entra por la ventana. Abre el otro lado, todo repleto: corbatas de colores, camisetas en todas sus versiones, tejanos gastados en los bajos, camisas arrugadas, sudaderas con capucha. Su mirada verdinegra rebusca, casi sin pestañear, los pantalanones con goma en la cintura, las elegantes faldas a la rodilla, los pañuelos risueños, los abrigos chiquitos, los zapatos dominutos, las batas de estar por casa, los camisones sin mangas, los vestidos de boda. No hay nada de eso. Pero tampoco hay eco. Intenta serenarse mientras cierra la puerta, como cicatriz que se cura, aunque quede una señal. Avanza de nuevo hacia la ventana y sube la persiana hasta su límite. Apura los últimos minutos de claridad que le concede el día. Se oye la llave de alguien que entra en casa. Ella sonríe.

martes, 18 de agosto de 2009

Retrato de un corazón verdemar

El yayo Pau y yo, allá por el año 84...
Desde que tengo uso de razón, o lo que es lo mismo, desde que empecé a hacerme las coletas rematadas con clips de lazos, a quitarme las legañas o a remover mi imprescindible y mañanero colacao, mi yayo Pau siempre ha estado a mi lado. Envolviéndome sin apretar. Mucho antes, todavía yo sin nacer, era fumador y gustaba de saborear carajillos de ron o coñac. La buena vida. Nunca estuvo enfermo, todo salud, erguido como un roble. Hasta que algo dijo basta. Un shock multiorgánico. Justo antes que mis padres llenaran el libro de familia con mi nombre. El sansón languideció. Susto de muerte. Pero como todos los grandes, se reconstruyó. Rebrotado, dijo que, por su nueva y única nieta, nunca más teñiría de amarillo sus dedos ni echaría un trago. Y la selva de vida que siempre tuvo dentro, volvió para abrazarnos. En mis treinta y dos años y sus ochenta y ocho, tan sólo lo recuerdo un día realmente cabreado conmigo. Yo debía tener unos ocho o nueve años. Lentejas, unas malditas y chorizeras lentejas fueran las culpables del coscorrón que recibí. No quería comer. Berrinche tremendo. ¡Cómo lloré!, encendida de rabia en el baño, dando golpes en la puerta. Enana herida, pero no del mamporro que me dio. Su enfado fue mi desconsuelo durante varios días. Y ahí se detiene mi memoria triste con el yayo Pau. Desde entonces, cuando le pienso, sólo puedo amontonar mil kilos de risas, sus canciones grabadas en el contestador cuando no hay nadie en casa, nuestros bailes rocambolescos, su "manyaga" en mis rodillas peladas, cuentos a la luz de la luna, respuestas sin pregunta, paseos eternos en bici, excursiones en patines de cuatro ruedas, jornadas luminosas en la playa de la Barceloneta, bocadillos con ganchitos, los sábados y "Els Encants", la pelota roja atada con una cuerda para que no se me escapara y el tobogán de la "Casa Vella", él en el banco, vigilante, y yo jugando, las pipas peladas, los helados caseros de avellanas y el vermut con "Fritos" y navajas, los viernes, el macuto y el viaje hacia la Verneda, mi primer novio y él mi encubridor, las cartas y el siete y medio, las partidas de ajedrez, el cineclub de la UHF tumbados en el sofá cama...
Su vigor verdemar y la fragilidad de mi alma.
Hoy ya no duermo en la cama de al lado de la ventana, ni la yaya Carmen me pasa a la suya cuando amanece. Pero eso no significa que le quiera menos o que me olvide de las mil vidas que me ha regalado. No sería la de hoy sin sus abrazos cauterizadores. Y sobretodo: habría sido incapaz de aprender a carcajearme chapuzeando entre lágrimas.
Como la camisa abierta de par en par que llevó durante muchos años, así es mi yayo Pau: claro, bueno, honesto, llano, comprensivo, humano, bromista, reposado.
Sin grises ni apagones. Puro destello.
Y sobre todas las cosas: libre.

viernes, 16 de enero de 2009

Raspar el entonces: cuento brevísimo

Los ladrillos, agujeros, los recuerdos
Hubo una vez un septiembre caluroso. Decidió borrarla, sin más. Pero no quería deshacerse de todas sus líneas de golpe, tal vez por eso, al principio, se limitaba a manejarla a su antojo; pepona entre sus zarpas, así la quería. Sólo era cuestión de tiempo. Digamos que le incomodaba todo aquello que ella hubiese podido conjugar antes de tropezarse con él. Si evaporo a la que era, no habrá antes, todo será ahora y un después sólo nuestro. Le desbarató toboganes de negativos, manantiales de tinta secreta, toneladas de voz. Durante, ella, monigote dolorido, trapecista acojonada. Cuentan que él reverdecía en cada agravio. Paciente, la mujer capeaba. Hasta que fue invisible, se clareaba casi. Es lo que ocurre cuando el corazón se cuaja. Desapareces.
Hoy, dicen, piruetea alegre de nuevo.
Alguien avivó otra vez su latido. Y ya no se atranca.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Recordar: o volver a pasar por el corazón

En Cuenca, el verano de hace una década. Judith. Ella y yo.
Hay momentos que deberíamos poder congelar, botón del pause y listo. Ayer estuve con Judith, la Juju, Jujeta, la de la carcajada limpia y mirada transparente. Intentamos recordar cuánto hacía que no quedábamos. No hubo manera. Más de tres meses, menos de dos años, más de uno. Nos reñimos al final, mútuamente, por tardar tanto, no puede ser, que estamos a un tiro de piedra, bueno, o a dos. Sin estar a veces, aquí, allá, acullá. Pero siempre la pienso. Hace mucho de todo, trece, doce, once, diez... cuando los noventa todavía contaban en pesetas y yo tarareaba canciones de Counting Crows en un prehistórico CD portátil, con las uñas pintadas siempre de color violeta, sentada cada mañana en el primer vagón de la línea verde, bajar en Drassanes, al final de la Rambla, al lado de Colón, de las paraditas, del Bosc de les Fades, del Museo de Cera, de un local cutre donde comíamos ensaladas con salsa rosa y palitos de pan, de las salas de vídeo y Laserdisc de la biblioteca de la universidad donde las horas se vaciaban sin prisa, del bar donde intentábamos acoplar guiones imposibles de putas y edificios en ruina, el sotano, un lazo en el estómago y las prácticas de realización, cuando las cámaras todavía tenían carretes y revelar era crear un milagro, el koala gris que dormía en una caja, las viejas Dr Martens negras, mis cejas depiladas, Sam y sus pantalones de cuadros y los Smahings y la guitarra acústica en el Parc Güell, mis tripas reventadas y el abrazo tierno de mi madre murmurando no pasa nada, los bailoteos imposibles en el puerto, vamos a arreglar el mundo, cómo no, eternas estudiantes con carpeta, aprender y aprehender, hablar con la "z", las vacas voladoras, perseguir al profesor idolatrado, comer en el griego y llegar a la clase de Mercader tocadas por el Ouzu...
Desde aquel mediodía en Pastafiore, todo es un poco más azul.

domingo, 6 de abril de 2008

Esas zanjas

Horizonte: con sus síes, sus peros, sus porqués.
De baldosa en baldosa, evitando las que están hechas trizas, aquellas que parecen conducir a un destino de títere. Resulta sumamente sencillo meter la pata y girar a la derecha cuando el recorrido apropiado indica un claro volteo a la izquierda, o algo más sencillo: continuar hacia delante, sin giros taciturnos. Cubrirse de arena, amontonar las cenizas, cargar la mochila de surcos, recoser las entrañas. Y emprender el viaje. Otra vez.

martes, 25 de marzo de 2008

Triángulo

Traición o derrota
Vértice uno (Z, M y A)
Hora de confesiones. Sí, me lo hago con tu mujer, Z. Insolente y envarado A prosigue: adaggio, Bloody Mary y encaje, incluso irreflexivo polvo salvaje. Ya que me lo preguntas, sí, sabemos cómo amarnos mútuamente.
Arista
¿Placeres?
Contesto.
¿Cuántos?
Titubeo y respondo.
¿Siempre?
Contesto que eso como mínimo.
¿No hay recetas?
Contesto.
Ayúdame.
Contesto, y Z, agradecido, se va.
Vértice dos (Z)
Ahórrate la compasión: sé muy bien que te dejó hurgar en su escote, cuatro tintos, dos versos de Plath, media disculpa y un fingido "todavía quiero a Z". Nada más. Ella misma me lo dijo entre lloriqueos cuando regresé aquel lunes. No he apilado reproches, sin embargo te envidio y te aborrezco a partes iguales. Anhelo esos revolcones imaginados, esos sueños tuyos con mi mujer, que no son de manual para adolescentes, como cuando yo intento hacerlo bien y dejo que Leonard Cohen llene las paredes, memorizo dos versos suyos y los ensayo en su vientre.
Te conozco A, y me irritan tus ficciones inundadas, tus caricias de color de luna, tu capacidad para hacer revolotear a mi mujer, nudillo y peca, oreja y saliva y el resto, que sólo vosotros compartís.
Arista
¿Por qué y por qué ahora?
Contesto.
¿Para ti también ha sido bueno?
Titubeo y respondo.
¿Repetimos?
Contesto que eso como mínimo.
Ayúdame, siento que desaparezco.
Contesto y M, agradecida, se hace un ovillo entre las sábanas.
Vértice tres (M a A)
La caída empezó hace tres meses, después de aquel lunes de mis sollozos, tus abrazos y los versos de Silvia. El sexo empezó a hacerse intolerablemente eficiente. Repertorio amplio a la par que resabido, tedioso. No busco culpables. Sencillamente, no me gusta hacer el amor con desconocidos, ya lo sabes. Por eso, el otro día, con Z tan pasivo, dejándome hacer, cuando ya no había Leonard y las riendas cambiaban de manos, por primera vez pensé en ti, A. Tuyos eran sus dedos, los olores, las caricias ahuecadas, los espasmos mecánicos. Dudo en darte las gracias...
Arista
¿Nos amamos?
Contesto.
¿Ahora?
Titubeo y respondo.
¿Para siempre?
Contesto que eso como mínimo.
Ayúdame, que no quiero desaparecer.
Contesto y A, aliviado, se acurruca junto a mis rodillas.
Línea
Un deseo: vivir en azul y teñir de cielo el laberinto.

domingo, 24 de febrero de 2008

Con paraguas

Barcelona. Y el puerto.
Le sobrevive,
le sobrevive a todo
la frialdad.

sábado, 2 de febrero de 2008

Érase una vez...

Silencio
Él estaba nervioso, hoy ha envejecido. Ella, también. Más humedad dentro de ellos que en el aire. Todo olía a humo, a ruido, a hogueras trasnochadas. No se conocían apenas pero incendiaban el aire. Con el tiempo, para ella ya no hubo ciudad alguna tras el opio de su lengua. Alrededor, sólo quedaron calles, palomas deshauciadas, la lluvia por desagües, recuerdos desmadejados.
Cuentan, que a él, después de todo, se le podía ver vagando por los restos del naufragio, rodeado de susurros, ajeno a todo, buscando en sótanos de luz opaca infames arriendos de sábado eterno. Hambriento del brillo verdemar de sus ojos, del contoneo de sus caderas, de su pecho abrigado de oro, preguntándose en silencio cuánto le iba a pesar el día que todo quedase soterrado...
El sabor de lo perdido, los agujeros desgastados, ver un destello que le anunciase su venida.
Él decidió surcar sus cicatrices para no olvidar, abarrotarlas de polvo para evitar las grietas por el esfuerzo, zurcirlas de nuevo cada mañana, abrirse el pecho a mordiscos, llenarse los hombros y caerse de bruces.
Errar, una y otra vez.
Pero escucha, le decían: "no te acostumbres, eso nunca".

sábado, 26 de enero de 2008

Restos

Lo que había
Un fundido a negro.
Un hueco en el lado de tu cama, que mi vida ya no era mía, que no volvería a serlo. Dos teléfonos que odiaba, su ring, vibración pretérita de un ahogo constante. La estela que tus dedos dejaban en mi espalda, mientras dormía. La distancia entre tus brazos y mis hombros, el pocito perfecto entre mis clavículas, la ceniza, el humo, tus cigarros. El cajón siempre listo, por si la marea subía y las maletas viajeras. La piel radiante, es lo que tienen las lágrimas.

jueves, 17 de enero de 2008

Ejercicio cardiovascular

Rutas
No me obligues a soñar, la magia no existe. Te lo dije.
Escalones. El primero, creado a imagen y semejanza de un titán, embaucador sin flauta, sin niños, parece insalvable, pero cuando recuperas el suelo llano, observas que era algo circunstancial, cuestión de perspectiva, de tener valor, de recordar cómo se hace.
Número dos. Un edredón sin funda, un armario blanco, pomos que no cierran, la canción que no para, pies fríos, la noche siempre, yogures de coco, un mantel y pan con tomate. Andas a oscuras, casi hacia dentro te susurro: tus caderas.
Ya voy por el tercero, sigo, subiendo, serpenteándote, volviendo a sentir la ligereza que da la libertad, la confianza. Dejo correr las manos por la pared de esta torre, sin miedo a estar en penumbra. Todo se empapa y vuelve esa maravillosa aspereza de lo real. Y no asusta, porque arriba todo es azul.
El cuarto... el aire que huye, me ahogas, me paro, me suelto. Miro hacia arriba. Me rompo, me caigo. Ya.

martes, 15 de enero de 2008

Girarse, mirar y seguir andando

Surcos, vida.
"...Los sitios que hemos conocido no pertenecen tampoco a ese mundo del espacio donde lo situamos para mayor facilidad. Y no eran más que una delgada capa, entre otras muchas, de las impresiones que formaban nuestra vida de entonces; el recordar una determinada imagen no es sino echar de menos un determinado instante, y las casas, los caminos, los paseos, desgraciadamente son tan fugitivos como los años. "
Marcel Proust, Por el Camino de Swan (1919)

lunes, 14 de enero de 2008

Colores

Arrugas y sábanas
La vida calla. Y no habla. Por eso están los colores. El azul, asomarme a tu piel, poner el oído en tu mitad y escuchar el torrente de tu corazón con una potencia que jamás había encontrado. Entre el blanco y el negro hay trescientos cincuenta y siete tonos de mí. Y luego está el rojo.
Coqueta ciudad de rojo, vertebrada en incógnitas. Sentirme inválida, incapaz, con las manos acribilladas, intentando parar el derrame de tu alma de mercurio, hendida hacia dentro, buscando caminos...
Las esquinas palidecen y me lleno la voz de balizas, pospongo los juicios, anteponiendo sigilo a lucidez. Pero siempre queda esa pizca helada de miedo recorriendo la espalda y los kilómetros de incertidumbre que separan cada silencio.
Tanteo las posibilidades que cada uno tiene de llegar a su sitio, ese lugar que se nos resiste, que nunca llega o no se llega en el momento adecuado. Y la cifra resultante es un pozo de ausencias, de retrasos.
Porque la vida no habla. Y en esas cuestiones, ni siquiera los colores tienen autoridad.

lunes, 31 de diciembre de 2007

La mujer deshabitada (entonces)

Negro y color (también)
Llevo días pensando en este año impar y apenas me he dado cuenta. Seguramente porque, de los doce meses, la mitad han sido un duro, pegajoso y oscuro letargo de alquitrán. Hace un año el termómetro marcaba 39, me dolía todo. Y adentro, más. Ahí, el mercurio no lograba ni subir: el pulso quieto, asustado, deshabitada de abrazos y miradas; empachada de desprecios y soberbia. Superó a la entrada del 2006, tan negruzca... Pero todo pasa, dicen y digo. En todo este tiempo he desaparecido varias veces, he exigido casi evaporarme.
Por suerte, aquellos con los que me troncho, los que me riñen con cariño, los que me abrigan porque otros ya no están, los que me dan felicidad sin ni siquiera saberlo, los que he recuperado después de años de andar camino, los nuevos que han aparecido sin avisar, un saco de diminutos seres que me hacen mejor persona cada día (seis más una), la que no me pide palabras ni promesas y la quiero tanto, el escritor maravilloso a quién le gusta lo que escribo, el que me deja canciones en el contestador y siempre me arranca sonrisas, la que come turrón a escondidas, la que me pone de excusa para pedirse un cortado con cruasanes, la que me da latas de atún para mis ensaladas, catálogos de Avon para mis diminutos pies y consejos de tia eterna, el adolescente que me da besos con vergüenza y me llama bicho, la pareja perfecta que inspira mi alegría (les falta el perro, todo llegará), los que animáis mis paseos virtuales cada mañana, la que encontró novio y toca el piano, el que me ha rebautizado como la pititona, que me hace croquetas, que me cuida cada día, que recoge mis lágrimas con rímel...
Todo volverá a ser habitado. Por suerte. Feliz, feliz 2008.

martes, 18 de diciembre de 2007

Helado de leche merengada

Chirimbolo, fotografía de Francisca Rivera
Ha vuelto a buscar en el hueco, casi enfurecida consigo misma. Pensó que la distancia mantendría el olvido. Pero el eco viene y la traiciona. No avisa. Aquel día hundió la ceniza en el barro pero el viento ha vuelto a esparcirla. Cava agujeros, presurosa, intranquila, quiere incrustar todo dentro. Resulta casi imposible. Afuera el suelo se humedece. Gira y gira y gira: la pared, los pájaros de madrugada, un mármol sucio, la mesa redonda, espejos en el suelo, una calle que se mueve, una colcha que resbala, helado de media hora, un baño en la esquina, el latido, las bocas.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Volver

Gloria Swanson, fotografiada por Edward Steichen en 1924.
Quiero ver esta exposición, en la National Portrait Gallery. La última estuve en Londres fue en mayo del 2001, calurosa primavera en Barcelona pero fría en el Támesis. Todos los recuerdos que conservo son entrañables: mis chanclas rotas al llegar a Londres y las bailarinas negras, unos desayunos bestiales que para mí eran como la comida de todo el día, eternas pintas de litro a la hora de la siesta y yo mareada, J intentando congelar momentos inverosílimes con la cámara, el paseo por la planta de juguetes de Harrods, el maravilloso bolso que me compré, mi cara de placer al entrar a la Tate, la lluvia que nos perseguía allí donde fuéramos, el hombre Charlot, ese preciso instante y las promesas que se llevó el viento, quedarme con las ganas de montarme en la London Eye, mil cafés y todos malos, más exposiciones, la diminuta habitación de J con el espejo roto y oxidado del armarito de la pica, el OK Computer de Radiohead, la moqueta húmeda de la ducha, el viento huracanado de cada esquina, mil risas en bares que ni recuerdo, vagabundear ... y no querer regresar a mi casa -entonces.
Sé que estará bién. Tal vez en Australia o en todos los sitios, como siempre.
Yo intento cuidarme...

domingo, 14 de octubre de 2007

Abrir senderos

Two poles, Miquel Barceló (1987)
ARMAR TU VIDA
Armar tu vida. Irla haciendo como rompe-cabezas. Conjurar el futuro. Construir la esperanza. Aunque a veces te sintás marchita, cerrada, envuelta en noche amarga, punzante tu centro, sabés que siempre habrá sol para revivirte, zarandearte, para que levantés la cabeza y volvás a sonreir, a estar, con esa fuerza vital que te asemeja a malinche o al cortés, cuando secos y mustios persisten, en la certeza vegetal de que habrá de llegar el día en que despertarán florecidos, vibrantes, llenando el campo con sus llamaradas naranjas, cuando pase el tiempo de la vaina y de las ramas secas.
Gioconda Belli, El Ojo de la Mujer (1995)

miércoles, 3 de octubre de 2007

Caminante, son tus huellas...

Por aquel entonces, al andar, sus caderas parecían mecerse en el aire, lívida, casi sin rozar el suelo. A él no le gustaba el rítmico sonido de sus tacones, la increpaba siempre que entraban en casa. O cuando salían. O cuando bajaban. Un día, ella se descubrió deambulando de puntillas, apoyando sólo la parte delantera cual equilibrista aventajada. Mientras, los andamios se desmoronaban, a partes iguales que su amor propio. Hoy se despereza del gris desde el vértigo de sus pies.

sábado, 22 de septiembre de 2007

Subjuntivo

Fotografía de Ricardo Peña
No vuelvas, que mi silencio sea tu última morada y que en cada habitación tu propia voz calle. Sus paredes en blanco, martirios; tan lejanas de ti que no te contengan. Y su único pasillo un laberinto sin noche. Que no tengan ocasos tus jardines incoloros. Y que las hojas de menta se extravíen antes de tocar tu lengua.

jueves, 13 de septiembre de 2007

Que es gratis

Snoppy y Woodstock (o Emilio, también)
Me permito citar a mi compañero blogero, Diego Loayza: Comprender jamás es explicar. Comprender es abrazar. Y qué poco lo hacemos.

domingo, 3 de junio de 2007

Una ironía en el tiempo

HOMBRE - Quiero adquirir un compromiso. MUJER - ¿Un compromiso? ¿Por qué?
HOMBRE - El laboratorio que fabrica amor propio quebró hace unos meses, y anoche perdí el poco que me quedaba.
MUJER - Ya, claro. Yo nunca he tenido espejos en casa, así me ahorro esos problemas.
HOMBRE - ¡Ahora entiendo lo de tus cejas mal depiladas!
MUJER - No, lo de las cejas es por falta de pulso, que de eso sí padezco. Por el pulso y por el miedo.
HOMBRE - ¿Miedo? ¿Miedo a qué?
MUJER - Me refiero al compromiso.
HOMBRE - Es verdad, el compromiso... Todavía no lo he pensado. ¿No son felices los que viven comprometidos?
MUJER - Aparentemente sí, pero esconden cicatrices en los tobillos. HOMBRE - ¿Qué cicatrices? MUJER - Las que producen las cadenas. HOMBRE - ¿Los comprometidos están encadenados? MUJER - No exactamente: arrastran cadenas. HOMBRE - ¿Para qué? MUJER - Las llevan de un lado a otro, sin más. Suelen acabar bastante hartos de ellas. HOMBRE - Ah... MUJER - Pues nada, ve. HOMBRE - ¿Que vea qué? MUJER - Que vayas a arrastra tus cadenas, digo. HOMBRE - ¿Y cómo sé que serán las cadenas que busco? ¿Cómo tienen los eslabones? MUJER - De cristal, son muy pesadas y difíciles de transportar, porque has de intentar que no se rompa el cristal mientras andas, y también debes vigilar no cortarte con él. Se las conoce como cadenas ideales. HOMBRE - Entonces no serán tan terribles como dices... MUJER - Las llaman así, no porque sienten bién, sino porque los cristales contienen ideas. HOMBRE - ¿Qué son ideas? MUJER - Algo en lo que muchos creen. Yo nunca he tenido fe. Ideas, pocas veces. HOMBRE - ¿Tú nunca te has comprometido? MUJER -Yo nunca he tenido amor, y si lo he tenido, ha sido como uno de esos espejos que antes te decía. Algo que parece, pero que deja de serlo en cuanto aparece la imagen real, la de fuera del cristal.
HOMBRE - ¿Y no te gustaría comprometerte? Sin ideas, sin fe, sin amor, sin compromiso, lo único que te queda es tiempo. ¿Qué harás cuando se te acabe el tiempo? MUJER - No lo sé, siempre confío en lo que ha de venir, precisamente, porque nunca sé lo que será. HOMBRE - Yo quiero adquirir un compromiso, pero no tengo ideas y tampoco amor. ¿Cómo lo consigo? MUJER - Las ideas aprendiendo a bucear. Miras una cosa, cierras los ojos, tomas aire y te zambulles en su interior, hasta arrancarle el nombre que lleva grabado en lo más profundo. Ahí tienes tu primera idea. HOMBRE - ¿Y el amor? MUJER - Para eso tienes que aprender a volar o a trepar. Volar es más rápido, pero es peligroso. Trepar exige más esfuerzo, paciencia, ser sagaz y saber perdonar. Puede ser muy doloroso pero también es muy gratificante. HOMBRE - ¿Por dónde debería trepar? MUJER - Por un ente, masculino o femenino, tú eliges cúal. HOMBRE - ¿Y tú por qué no tienes amor? MUJER - Sufrí un empacho que me hizo aborrecerlo. HOMBRE - Entiendo. Supongamos que ya he aprendido a bucear, a volar y a trepar. ¿Cómo me pongo las cadenas? MUJER - Ante todo, debes ir a buscarlas. Pero puede que te descalabres en el intento. HOMBRE - Y, entonces... se acabó el compromiso. MUJER - Pero tu tiempo, no. HOMBRE - Me quedaré como tú. ¿Qué haces con tu tiempo? MUJER -Magia. HOMBRE - ¿Y qué consigues? MUJER - Nada. HOMBRE - ¿Entonces...? MUJER - Pierdo el tiempo. HOMBRE - ¿Te importaría perderlo con un amigo? MUJER - Eso siempre es un placer. HOMBRE - Perfecto, nos vemos mañana. MUJER - Hasta mañana entonces.