Fotografía de Diego Barral López
De cabeza. Lo de que a veces pasan trenes por delante de uno, puedo corroborarlo a pies juntillas. En cuestión de dos semanas, mi vida ha dado un giro radical. He dejado un trabajo seguro, tranquilo y bien pagado por un convenio de prácticas con sueldo cero en una empresa que, tal vez, sea determinante para mi futuro profesinal. O no. Nunca se sabe, hasta que surja otra oportunidad y murmure en pasado justo de lo que ahora estoy hablando. Y vuelta a empezar. Y la noria sigue y gira. Y yo me limito a cambiar de cesta y tiro porque me toca. Ahora que cuerpo y mente aguantan. Vivir con lo justo durante un tiempo, apretarse e ingeniárselas para seguir disfrutando de la vida. Porque no todo es el dinero.
Dejo, al irme, unos cuántos corazones formidables, de color bermellón encendido, que han ido colándose por entre las rendijas de mi día a día, acompañándome, desenterrando carcajadas que tenía olvidadas, haciendo de estos siete meses un prodigioso jolgorio.
Como decía Sófocles en una de las frases que más recuerdo de las clases de griego del instituto: la alegría más grande es la inesperada. Eso y que lo bello es difícil.