
Hay momentos que deberíamos poder congelar, botón del pause y listo. Ayer estuve con Judith, la Juju, Jujeta, la de la carcajada limpia y mirada transparente. Intentamos recordar cuánto hacía que no quedábamos. No hubo manera. Más de tres meses, menos de dos años, más de uno. Nos reñimos al final, mútuamente, por tardar tanto, no puede ser, que estamos a un tiro de piedra, bueno, o a dos. Sin estar a veces, aquí, allá, acullá. Pero siempre la pienso. Hace mucho de todo, trece, doce, once, diez... cuando los noventa todavía contaban en pesetas y yo tarareaba canciones de Counting Crows en un prehistórico CD portátil, con las uñas pintadas siempre de color violeta, sentada cada mañana en el primer vagón de la línea verde, bajar en Drassanes, al final de la Rambla, al lado de Colón, de las paraditas, del Bosc de les Fades, del Museo de Cera, de un local cutre donde comíamos ensaladas con salsa rosa y palitos de pan, de las salas de vídeo y Laserdisc de la biblioteca de la universidad donde las horas se vaciaban sin prisa, del bar donde intentábamos acoplar guiones imposibles de putas y edificios en ruina, el sotano, un lazo en el estómago y las prácticas de realización, cuando las cámaras todavía tenían carretes y revelar era crear un milagro, el koala gris que dormía en una caja, las viejas Dr Martens negras, mis cejas depiladas, Sam y sus pantalones de cuadros y los Smahings y la guitarra acústica en el Parc Güell, mis tripas reventadas y el abrazo tierno de mi madre murmurando no pasa nada, los bailoteos imposibles en el puerto, vamos a arreglar el mundo, cómo no, eternas estudiantes con carpeta, aprender y aprehender, hablar con la "z", las vacas voladoras, perseguir al profesor idolatrado, comer en el griego y llegar a la clase de Mercader tocadas por el Ouzu...
Desde aquel mediodía en Pastafiore, todo es un poco más azul.