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miércoles, 14 de marzo de 2007

El extranjero (parte I, de momento...)

El extranjero se preguntó qué estaba haciendo allí. Era una pregunta familiar, casi la podía sentir como parte de él mismo. Se la había formulado en muchas ocasiones y en diferentes lugares, pero nunca se acostumbraba del todo a no tener respuesta. Ese vacío se apoderaba rápidamente de su cuerpo como una extraña enfermedad.Un dolor físico que se instalaba en sus piernas. Siempre que esto ocurría el extranjero era incapaz de moverse. Permanecía completamente inmóvil aunque, como en ese momento, tuviese que hacerlo en mitad de una calle comercial y bajo una lluvia plomiza. El agua le recorría y apenas podía ver nada más que una niebla llena de sombras cuando se volvió a preguntar: ¿qué estoy haciendo aquí?. En ese preciso instante tuvo la sensación de haber perdido completamente los pies y de notar que se habían transformado en unas raíces que lo ataban a aquella calle. Sus dudas iban creciendo lentamente con la lluvia. El extranjero marcó un número al azar en la cabina de teléfono y cuando una voz fría y somnolienta contestó, el extranjero comenzó a explicarle con todo detalle lo que le había ocurrido aquel día. La voz no dejaba de preguntar extrañada: pero... ¿quién eres? No te conozco. Pero el extranjero, impasible, continuó con su narración: antes de comer, he ido a aquella librería que hay cerca del río... La voz, cansada de no obtener ninguna respuesta, colgó el teléfono. El extranjero, al escuhar el pitido de abandono tuvo un segundo de duda, pero continuó su discurso: no sé si te acuerdas de aquel libro que decías que tenía que leer, pues lo he encontrado en aquella librería... El extranjero abrió la ventana y escuchó que dos jóvenes hablaban en su idioma. Casi lo olvidaba, pero él tenía un idioma. El extranjero pensó que sería maravilloso poder enamorarse de la camarera del Café del Centro. Ir cada día después de comer y con complicidad pedirle lo de siempre. Ella le serviría rápidamente y él pagaría con un gran billete para que ella tuviese que regresar con el cambio y así poder quedarse ensimismado con su increíble caminar. Y sus caderas de locura. Después del trabajo se intercambiarían rutinas y ternura. Sí, sería maravilloso enamorarme de la camarera del Café del Centro. Pero no puedo. El extranjero se preguntó qué iba a hacer con todas las palabras que no iba a utilizar en aquel país. Pensó que sería una buena idea escribirlas todas en una carta pero no se le ocurrió a quién mandársela. Así que cada día, al despertarse, abría la ventana y decía una de aquellas palabras: se las daré al viento. Y el viento se llevó sus propias palabras. Viento, viento, viento, vient...

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