
"No eres capaz de deshacerte", me dijo un día. Recordaba esa frase, preludio de un amor menor. El amor menor es la física no defintiva de la atracción primera. Pensar en alguien sin acabar de desearlo. Temer ser mínusculo para esa persona. Y desearlo a escondidas, incluso a escondidas nuestras. Y saber, que el final de esa historia, consiste sólo en poseer.
Una vez me equivoqué de conversación y de persona y me encontré metido hasta las cejas en una trampa de amor menor. Me impresionó. Ella era un cuerpo medio suyo-medio por tener, lleno de dudas y adherido a la propiedad de improvisar. Sisar su tiempo y engullirlo sin piedad. No hizo falta, ella lo regalaba: y lo recitaba, lo achuchaba y lo tomaba con café. Paseábamos a menudo sin rumbo y yo sin parar de escuhar. No sé si perdí mucho por desearla, o si solté mi vida allí y me adueñé de otra para partir de algo.
No pretendí unir mis sueños a tu viejo sofá hundido, pero ha pasado y todo se ha vuelto tú. Tu casa y tus gatos y tus orquídeas y rozarte y es que ella trabaja demasiado. Y engañarnos todos.
Y mentir a todos.
Te diré algo más, ella se ha deshecho por mí. Yo la amo, pensando en ti. Sé que eres un momento, que de aquí a un tiempo te irás de las palmas de mis manos. Que lloverá sin que te vea. Y la rehago, rememorando su cuerpo, el principio de sus labios secos. Sus ojos de agua frente al armario de la cocina, desnuda, buscando más vino y fantaseando sobre esas vacaciones que nunca hacemos. Su pelo recogido en un lápiz, las gafas que resbalan hacia el libro y cómo me recibe sin dejar de leer diciendo, de aquí a un rato cenamos o te ha llamado tu hermano o dúchate que luego voy yo. Entonces me doy cuenta de tu absurdo, de qué pintas tú en esta casa y en su silla y en nuestra cocina.
Tal vez me equivoqué en pretender imposibles. Buscar bolsas de tiempo es como apagar la luz y confiar en que pasen cosas.
Pero nunca se ve lo que pasa al borde de la cama.